Hay dos tipos de problemas: los técnicos y los adaptativos. Lo peor es tratar un problema adaptativo como si fuera técnico, es como pretender curar con una aspirina un dolor de cabeza que proviene de un tumor cerebral.
“ENTIÉNDELO EXISTEN dos tipos de problemas: ¡los tuyos y los que no son tuyos!”, me repite siempre un amigo muy cercano. Y aunque no reniego de su consejo, parece ser que el tema es un poco más complejo. De hecho. Ronald Heifetz. profesor de Liderazgo de la Universidad de Harvard, sugiere en su libio “Liderazgo sin respuestas fáciles”, una clasificación alternativa para los problemas, que es precisamente la que consideraremos en este curso: los técnicos versus los adaptativos.
Tenemos un problema cuando existe una brecha entre las aspiraciones y la realidad. Los problemas técnicos son aquellos conocidos, cuya solución depende de un experto en el tema (ejercicio de autoridad). Los problemas adaptativos, en cambio, son nuevos y requieren adaptación y aprendizaje (ejercicio de liderazgo). Y tal como su nombre lo indica, su solución pasa por la adaptación en los comportamientos de las personas involucradas, ya que las personas son parte del problema y también de su solución.
Por ejemplo, si no somos entendidos en mecánica y nuestro auto repentinamente falla, buscamos la ayuda del experto correspondiente, el mecánico, porque es una autoridad en la materia. Si a nuestra hija le va mal en matemáticas, la apoyamos con clases particulares. Sí nos da un ataque al corazón, esperaremos que alguien nos lleve a tiempo donde un cardiólogo. Si renuncia nuestro gerente de finanzas, podremos recurrir a un head hunter. Con esto queremos decir que los problemas técnicos pueden ser de diferente gravedad y complejidad, pero la solución ya existe: la tenemos nosotros u otra persona. Sin embargo, algo diferente sucede con los problemas adaptativos. Si el problema de mi hija es de inseguridad, si yo manejo mi auto a siete mil revoluciones por minuto o si mis hábitos me tienen el colesterol por las nubes, ¿bastará con recurrir al profesor, al mecánico o al cardiólogo?
Avanzar aprendiendo
Cuando estamos frente a problemas adaptativos, la solución no está en nuestro repertorio. Si ésta es conocida por otros, habrá que encontrar al experto, en cuyo caso será un problema técnico/adaptativo. El desafío en el liderazgo está en restaurar el equilibrio cuando la brecha entre los valores y la realidad se debe al comportamiento que tienen los miembros del mismo sistema social (empresa) del cual formamos parte.
Recordemos que las personas se comportan de la mejor manera que creen que deben hacerlo. Por lo tanto, al pedirles que cambien, en el fondo se les está diciendo que su comportamiento actual es equivocado. Si no tenemos disposición a cambiar, es muy difícil exigírsela al resto. Por ello, para abordar un problema adaptativo, hay que comenzar por reconocer que nuestro comportamiento también es parte del problema y tener la disposición a modificarlo en la medida que sea necesario.
¿Que hacemos, por ejemplo, frente a la delincuencia, al fracaso escolar, a un competidor cuyo nivel de servicio a los clientes es superior al nuestro, o a la contratación de un jefe con un estilo muy distinto al anterior? La tentación del “líder” estará en hacer lo que sabe hacer. Es decir, en aplicar una solución conocida más que una correcta. Eso no es liderazgo sino tontera. No es valentía, sino ego. No es racional, sino emocional. Las probabilidades en la incertidumbre juegan en nuestra contra. Nunca sabremos los rumbos y la fuerza que puede adoptar el sistema social. Las consecuencias del camino equivocado pueden ser inimaginables (ver caso “Britannica”).
El aprendizaje en una empresa es una constante cada vez más exigente. Cada día, nuestros conocimientos, hábitos, conductas y actitudes se ven desafiados. Incluso a veces también nuestros valores y visiones. No podemos basarnos en ellos. Debemos cambiar. Si una acción conocida no nos lleva al resultado deseado ¿insistiremos en ella? Desgraciadamente, lo mas probable es que sí. El trabajo adaptativo demanda cuestionar y cambiar los supuestos sobre los que actuamos. Por eso la adaptación no se produce sin aprendizaje: el aprendizaje es la puerta al cambio.
La tentación del “líder” estará en hacer lo que sabe hacer. Es decir, en aplicar una solución conocida más que una correcta. Eso no es liderazgo, sino tontera. No es valentía, sino ego. No es racional, sino emocional.
Como ninguna organización escapa a la necesidad de producir cambios adaptativos la planificación estratégica, que procura una respuesta en el tiempo, suele ser inadecuada a la realidad que afrontan. Las organizaciones modernas, que deben asumir la inestabilidad como condición de su gestión y no como un enemigo a neutralizar. La planificación nos sirve, pero debe ser revisada permanentemente, dando espacio al aprendizaje que se va produciendo en el camino, muchas veces como producto del ensayo y el error.
La capacidad de adaptación es una de las principales ventajas competitivas sustentables e inimitables que puede tener una empresa en una economía moderna. Ella es sinónimo de compromiso, pues tiene que ver con la disposición de los miembros del sistema a modificar sus conductas en pos del objetivo común. A su vez, el compromiso de los individuos aumenta la probabilidad de que ejerzan liderazgo cuando las circunstancias lo requieran. Y es que el liderazgo consiste en movilizar a las personas para que enfrenten problemas difíciles y hagan el trabajo adaptativo correspondiente, pero no hay que confundirlo con autoridad.